El cáncer termina, pero muchas veces las secuelas continúan. Fatiga, miedo a una recaída, cambios físicos, dificultades emocionales y falta de orientación son parte de la etapa que enfrentan cientos de mujeres después del tratamiento por cáncer de mama, un periodo donde el acompañamiento suele disminuir considerablemente.
Frente a esa realidad, la Universidad de La Frontera impulsó un programa que formó a 48 líderes comunitarios y agentes de salud para acompañar a sobrevivientes de cáncer de mama desde sus propios territorios, entregando apoyo básico, orientación y promoción de hábitos saludables basados en evidencia.
La iniciativa fue liderada por la Dra. Bárbara Burgos Mansilla, kinesióloga y académica del Departamento de Ciencias de la Rehabilitación, en el marco de un proyecto de Vinculación con el Medio desarrollado junto a socios como el Servicio de Salud Araucanía Sur, el Departamento de Salud Municipal de Temuco, Fundación Lazos y la Red de Apoyo “Por Mí y Por Todas”.
Lo que pasa después del cáncer
Aunque el seguimiento médico continúa, el periodo posterior al tratamiento suele quedar fuera de foco. Según explica el equipo del proyecto, muchas mujeres deben enfrentar solas secuelas físicas, emocionales y sociales, especialmente en regiones donde existen dificultades de acceso a rehabilitación y apoyo especializado.
En La Araucanía, esta situación adquiere mayor complejidad: “Nuestra región presenta desafíos críticos en salud pública, con alta prevalencia de cáncer de mama y dificultades en el acceso equitativo a servicios de seguimiento y rehabilitación, especialmente en sectores rurales y con alta vulnerabilidad social” señaló la Dra. Burgos.
Formación para acompañar
Durante el proceso formativo, los participantes aprendieron sobre efectos secundarios de los tratamientos, señales de alerta, salud emocional, estilos de vida saludable y estrategias de comunicación con sobrevivientes y sus familias.
Según la Dra. Burgos, esto les permitirá “brindar acompañamiento psicoeducativo básico, orientar sobre la ruta postratamiento y apoyar la autonomía de las personas sobrevivientes dentro de los límites éticos del rol comunitario”.
María José Van Den Bosch, una de las participantes, destacó el valor humano de la experiencia: “haber participado en el proyecto me permitió estar más cercana a la sociedad, ser un aporte y un puente entre el equipo de salud y las personas, acompañándolas en su proceso y generando mayor cercanía en su atención”.







































